5 de julio de 2012

Filósofos contracorriente




Todo régimen construye un sistema ideológico de defensa que le impida ser destruido.  Este supone cerrar el paso a quien abiertamente contradiga los dogmas fundamentales de dicho régimen; si no en el plano de la legalidad propiamente dicha, si en el de la corrección política.

De este modo, es normal que la corrección política condene una serie de actitudes que puedan poner en tela de juicio los dogmas fundamentales en que dicho régimen se sustenta en el plano ideológico por un lado, así como aspectos fundamentales para la supervivencia de dicho régimen como el mantenimiento de su soberanía o su integridad territorial por otro.

En lo que atañe a lo segundo, siempre será políticamente incorrecto atacar la integridad territorial del estado en el plano nacional  que envuelve al conjunto de las partes siendo condenado a jugar un papel minoritario aunque con representación en las instituciones políticas.



Pero podrá, en virtud del grado de descentralización del país, romper esa barrera en el ámbito regional de determinadas partes de la nación (Ej, Cataluña) creandose "microrregímenes" no sólo en el plano legal sino en el plano sociológico, pues la norma común de "lo políticamente correcto" se rompe ahí, formándose un código distinto de corrección política que se opone al que impera en el conjunto del territorio.

De tal modo, éste código que marca por ejemplo "el no cuestionamiento de "Catalunya" como realidad nacional" -que poco a poco, siendo alimentado por las élites dominantes de la región va tomando cuerpo y calando en la sociedad- entra en contradicción manifiesta con el sentir del común de los españoles, que, con toda lógica, ven con desagrado que se amenace la integridad territorial de su estado.

Pero en la España actual, del mismo modo que funciona este código patriótico por pura necesidad, ya que un país que no ve con desagrado su desmantelamiento está condenado a desintegrarse,  existen otros códigos relacionados con el punto de vista puramente semántico o ideológico, que hacen que este sentir patriótico de los españoles ( cuya existencia queda totalmente confirmada con cada Eurocopa y Mundial) sea inoperante desde el punto de vista político, repito, siendo totalmente existente.

El origen de estos otros códigos quizá haya que verlo en la transición, y en la concatenación de ideas muy metafísicas en las que se mezclan diversos mitos: el del pluralismo, el pacifismo, la cultura etc, siempre envueltos en una perspectiva de fundamentalismo democrático que sostiene que la transición fue poco menos que el fin de la historia de España; su culminación en un sistema perfecto.

 Paz, pluralismo, defensa de las "culturas particulares" y democracia, serían así una serie de ideas con una perfecta relación entre si, que se potencian unas otras y que se instituyen como dogmas absolutos que no pueden, según el código de la corrección política, ser contradichos. La realización de todos ellos, junto con el sufragio, suponen "el sistema democrático", que siempre tiene razón y que en sí mismo, por ser democrático, contiene un germen de verdad absoluta y que en el fondo, supone que aquello que se determine por "procedimientos democráticos", sea siempre lo correcto.  

 Ni qué decir tiene que estos conceptos son difusos, contradictorios en sí mismos y contradictorios unos con otros pues, por poner un ejemplo, ¿ Cómo puede la paz ser directamente proporcional a la  pluralidad de opiniones contradictorias? Gustavo Bueno, en su obra El Fundamentalismo Democrático, diagnostica a la perfección este fenómeno, cuyo análisis no es el objeto de este artículo.



¿Qué consecuencias acarrea por tanto la contradicción manifiesta de estos códigos? Por un lado, la percepción clara desde los ciudadanos españoles, con excepción de un número importante de quienes habitan en las regiones fraccionarias arriba descritas, de que hay que oponerse cuanto menos a quienes abogan por la desintegración de la patria, consecuencia lógica de la afirmación de la misma, lo que como digo, se aprecia en el mismo entusiasmo patriótico que  surge de las victorias de la selección.

 Por otro, la imposibilidad de afirmar esos valores de unidad patriótica por contradecir el código de corrección política sancionado por la constitución del 78, desde el punto de vista semántico, a no ser que se envuelva estos valores en  la contradictoria y metafísica verborrea que esta corrección política supone, y que constituye un tejido imposible de romper por la mera confrontación.

Así pues, ¿es posible influir en la política española mediante la destrucción de estos mitos desde el punto de vista intelectual y reafirmando en dicho proceso la necesidad de defender la unidad de España? Desde mi punto de vista no. Este "pensar a la contra" ha de realizarse desde las aulas de Filosofía o de Historia incluso, pues el aula es un ámbito en el que el profesor es quien aporta el saber, y los alumnos quienes lo reciben.

Pero en el estrado del parlamento, o en el micrófono radiofónico, los oyentes son ciudadanos que buscan oír  lo que quieren oír, o si no, cambian de emisora; son clientes cuya "sabiduría indudable" está sancionada por la misma constitución. Es la masa que siente las contradicciones, pero que se ve influida por estas normas de lo políticamente correcto que les rebasan intelectualmente.

 Los mecanismos de defensa del régimen comienzan a funcionar para señalar al "triturador de mitos" como un facha, un ser despreciable y antidemócrata, quizá ¿un franquista?. Esto que no supone que sea ni mucho menos ilícito o censurable, sobre todo si se hace con una intención pedagógica, aunque considero que tendría una dudosa eficacia.

Así, sus posiciones, de una complejidad que no permiten desarrollar debidamente los tiempos de la comunicación, serán neutralizadas y convertidas en inoperantes, y toda asociación política a la que éste represente, sea un partido o no, se verá perjudicada en su capacidad de influir.

¿Qué solución cabe?. Adoptar, en la práctica política, el fundamentalismo democrático, aunque por supuesta sin creerselo. Darse cuenta de que para favorecer la integridad de España hay que obtener posiciones de poder, o favorecer que tus aliados las tengan. Y para ello, hay que adoptar un discurso engañoso,  falaz, difuso e incluso carente de todo significado. Adaptar el discurso al  flatus vocis que supone "el código" por antonomasia, pero siempre con el objetivo de fortalecer la idea de España.  

En otras palabras, quien quiera hacer política defendiendo a España deberá decir, ineludiblemente: Queremos más España, porque queremos más democracia. ¡Democracia Real, Ya!



     

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