Si bien es verdad que la izquierda ha terminado de perder su norte ideológico con la caida del muro de Berlín y la imposibilidaad de encontrar un modelo alternativo al constituído por la dicotomía propiedad estatal-propiedad privada en la que se manejaban en el plano teórico, es cierto que en ella, y en grupos de la derecha liberal subsiste un "universalismo" de raigambre netamente humanista que pasa por alto la importancia de los estados, y los considera o bien meros obstáculos para alcanzar la unión de la humanidad ( lo que no les impide simpatizar con nacionalismos de las regiones españolas) o bien como algo necesario en la medida en que debe arbitrar el comercio y relaciones entre los ciudadanos del mundo.
Este universalismo, encarnado en la famosa frase "yo soy ciudadano del mundo", se ha contagiado a un nada desdeñable sector del cuerpo electoral español que no necesariamente se considera de izquierdas o de derechas.
Los estados (es decir las naciones), serían productos históricos fruto quizás de las relaciones dinásticas de otras épocas, divisiones meramente artificiales que no han jugado otro papel en la historia más que servir para la explotación de las clases dirigentes en lo práctico y representar un escalón de avance hacia la consecución de sus respectivas utopías universalistas, en un esquema de progreso.
Sin embargo, tal esquema supone ignorar por completo cuál es la realidad del mundo que nos rodea pues renuncia a una perspectiva materialista del estado, y por tanto, manejan definiciones del estado meramente ideológicas; es decir, lo que debería ser (según ellos), en vez de lo que realmente es, sin darse cuenta de que las razones más o menos arbitrarias que pudieron determinar el nacimiento de un estado, son totalmente irrelevantes desde nuestra posición, porque lo cierto es que esos estados existen y suponen el suelo sobre el que caminamos. Teorizar sobre la política ignorando la plataforma en la que nos encontramos y la realidad de la cual somos tributarios ( sea su origen justo o injusto, arbitrario o no) es sencillamente darse a la metafísica y renunciar a cualquier posibilidad de ser realmente libre; no hay conciencia de lo necesario, de "lo que realmente hay" y por tanto, supone vivir en la inconsciencia.
Pero guste o no a neoliberales y progresistas de todas las clases, la historia se mueve en base a procesos dialécticos y luchas de poder que nada tienen que ver con perspectivas éticas. A día de hoy, el estado es insuprimible. Tan sólo se puede aspirar a sustituir a un estado por otro, pero nunca a acabar con él. Éste es indesligable de un determinado estadio de desarrollo, y todo lo que se construya a partir de ahí, será englobado dentro de sus límites o no será (lo que no se debe confundir con una capacidad "totalitaria" del estado).
Sin entrar aquí a definir el estado, hemos de remarcar el hecho de que dada su condición de ente necesario para entender la sociedad moderna, el estado ha sido siempre el motor de la historia, y la dialéctica entre estados ha sido el factor clave que ha motivado los cambios históricos, sea en forma de guerras o en formas menos violentas de competencia, alianzas, chantajes etc. Sin necesidad de negar la lucha de clases, recuerdese que sólo cuando un estado se dijo en representación de una clase determinada (la unión soviética) comenzaron de verdad los países occidentales a proveer a sus clases desfavorecidas con una serie de servicios sanitarios y educativos mínimos.
Las tendencias universalistas que comparten un gran número individuos de izquierda no ha de confundirse con una "esencia de la izquierda", que no existe como unidad sustantiva, pero desde un punto de vista sociológico es innegable la existencia en estas capas de esa difusa amalgama ideológica, en la que hay arraigados una serie de dogmas, como el mantenimiento de un gasto público en sanidad y educación como modo de redistribuir la riqueza en pro de los desfavorecidos etc. El problema surge cuando situaciones concretas derivan en realidades tales como que el gasto público que supone ese estado del bienestar, supondría un gasto para el estado que es sólo asumible o bien subiendo los impuestos o bien mediante un endeudamiento del país que suponga un riesgo para la viabilidad económica del estado y que termine por propiciar su quiebra, con todas las consecuencias que de ello se derivan, resultando ser los más desfavorecidos los que terminen más empobrecidos y desasistidos.
Lejos de ir dirigidas estas líneas contra el estado de bienestar, simplemente pretenden remarcar cómo ante este tipo de situaciones que se dan en la actualidad, la izquierda queda prisionera pues carece de un modelo alternativo organizado en un sistema global; la izquierda imbuida de europeísmo, de complicidad con los nacionalismos fraccionarios en nombre de conceptos difusos como solidaridad, plularismo etc y desposeida por completo de un modelo serio alternativo al existente, no puede negar la mayor, como lo hacían los comunistas en tiempos de la guerra fría, y sencillamente, mantienen un discurso en el que las contradicciones se salvan con afirmaciones superfluas de tipo ético.
Toda esta problemática se le plantea a la izquierda de un modo urgente desde hace tiempo. Sin embargo, a quienes argumentan creer en la existencia de la izquierda para luchar contra las injusticias sociales, cosa que no nos vale para definir la izquierda, pero crean en ello de buena fe, habremos de pedirles que rectifiquen su ceguera hacia una cuestión que es mucho más fundamental de lo que muchos se creen: España.
Es absolutamente imposible defender desde un punto de vista materialista el reforzamiento de la justicia social, pasando por alto el hecho de que la nación-estado a la que todavía pertenecemos, España, es el vector necesario para, dejando de lado las contradicciones y dificultades antes mencionadas, aspirar a poder imponer un orden que permita combatir la miseria y el desarraigo al que se ven abocados los españoles de más débil condición económica.
La Unión Europea es un mercado, un espacio de relaciones internacionales en el que hemos adquirido, por la incompetencia de nuestros gobernantes en las últimas décadas, una posición de absoluta subordinacción. Las comunidades autónomas son unos entes fraccionarios, caros, y encaminados por su propia razón de ser, a beneficiar a unos intereses concretos que se limitan muy claramente desde muchos puntos de vista, incluído el gegráfico, aunque no sólo desde éste.
España, la nación política, es lo único que queda, porque es lo único que siempre hubo, y aquí entro en el meollo de la cuestión : La izquierda española, que se interese por la justicia social y en proteger a las capas más precarias de la población, ha cometido la absoluta negligencia de no proteger a esa única plataforma realmente existente capaz, como sujeto de soberanía, de perseguir los fines que ellos mismos, esta izquierda, consideran necesarios.
¿Cómo va a fortalecerse el estado de bienestar de un país, si se renuncia, en nombre de un universalismo vacuo, a apoyar la posición de esta nación en el plano de las relaciones intrenacionales? ¿ no han contribuido acaso a arrojar a España a la dependencia más vergonzosa , de potencias que ni están ni tienen por qué estar interesadas en el bien común de los españoles, como no sea en beneficio propio? ¿En qué cabeza cabe (quizá en la de los españoles Serrat y Sabina apoyando la nacionalización argentina de Repsol) que se pueda fortalecer la capacidad e independencia del sistema redistribuidor español, si se desautoriza a España a la hora de defender sus intereses en el plano internacional, como si nada tuviera que ver con los españoles de a pie la suerte que corran nuestros representantes en las cumbres mundiales? ¿En qué cabeza cabe que sea beneficioso para ayudar a estos desfavorecidos, contribuir a la fragmentación nacional en vez de dotar al estado de la capacidad de realizar un plan nacional, un plan general que permita ensamblar conjuntamente la política impositiva y los servicios públicos?
La izquierda, al ignorar la importancia de la unidad de España, y al no asumir el patriotismo como un valor necesario, ha sido y es cómplice de la situación de miseria a la que se ve abocada enormes capas de la sociedad española, pues las propuestas de redistribución que puedan hacer, se ven debilitadas al no dar importancia al parámetro que necesariamente ha de utilizarse; España. En el siglo XXI, la nación española supone la única protección posible para dichas capas sociales.
A los izquierdistas de buena fe, que consideren un deber luchar contra la miseria y desprotección de los españoles hay que tirarles de las solapas y hacerles ver que sin España, la depredación de las potencias nórdicas y la voracidad de los poderes caciquiles autonómicos, no ven freno alguno. Cualquier dinero que venga de Europa, por mucho que se emplee en mantener el llamado estado del bienestar, está cargado de un tremendo poder corrosivo; bien sea a cambio de unos intereses nada desdeñables para los acreedores, bien en forma de cesión de soberanía a ese ente, Europa, que ellos y no nosotros, controlan. Supone un calmante para el dolor, pero al mismo tiempo aumenta la dependencia de España en poderes externos, que nos ayudarán o no en base a sus intereses y en detrimento de los nuestros; de los intereses de España.
Si no hay patria, si no hay España, no hay posibilidad de defensa alguna para los que viven o pueden vivir en la miseria más absoluta, y la defensa de España, lejos de depender de irracionales sentimentalismos, se puede y debe ejercer desde una perspectiva racional-materialista. En otras palabras, la izquierda debe entender que al no existir Europa como nación política, como estado, la idea de la "Europa social" de la que tanto se ha oído hablar no solamente es imposible, sino que además es una peligrosa entelequia sólo concebida con seriedad utópica desde los países periféricos de la UE ( los PIGS). La izquierda debe ser izquierda española, no europea ni catalana ni vasca ni gallega; pues mientras no sea así, la falta de orientación es tan enorme que es imposible que lleven a efecto sus programas sin estar auspiciados, en última instancia, por poderes depredadores externos.
La izquierda debe recuperar una posición con respecto al estado; y este no es la UE ni lo son, aunque podrían llegar a serlo para regocijo de Merkel y Hollande, ( pues ello les permitiría mantener relaciones bilaterales con los nuevos estaditos desde una perspectiva de aún mayorsuperioridad) las comunidades autónomas.
En las manos de esta izquierda indefinida no está alcanzar el bienestar y la justicia universal, pues no existe una sociedad universal, ni los partidos de izquierda se presentan a las elecciones del "universo", sino de España. Pero en sus manos está adoptar un discurso capaz de combatir la miseria y la injusticia en la única plataforma realmente existente en la que podrían aspirar a tener algún tipo de capacidad de maniobrar: España. Quizá entonces dejen de llevarse las manos a la cabeza tras las elecciones mientras exclaman indignados la famosa frase: "¡y aún hay trabajadores que votan a la derecha!,¡ Estos si no son unos potentados son unos imbéciles"!.
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